Llegan. Llegan sin parar. Y cuando no llegan, vamos a buscarlos. Todos los recursos del Estado se han puesto a disposición de la entrada masiva de inmigrantes. No es que el Estado no pueda detener el proceso: es que el Estado es el principal agente de este tráfico de muchedumbres, y quien a estas alturas lo niegue, es que no quiere ver la realidad. Buques de salvamento, ingentes presupuestos públicos, instituciones asistenciales, organizaciones paragubernamentales, coros mediáticos, la propia Iglesia… todos ponen su mano en el gran movimiento.

Cada vez está más claro que la inmigración masiva es un fenómeno de poder o, si se prefiere, un fenómeno que el poder promueve, sin duda porque espera ponerlo a su servicio. Es la única explicación racional posible.

Ya nadie se cree los habituales argumentos de carácter económico, todo eso de una población nueva y joven para llenar los huecos de otra población, la autóctona, crecientemente envejecida: días atrás aprendíamos que en España hay 3,9 millones de inmigrantes sin trabajo al mismo tiempo que el Gobierno invitaba a nuestros viejos a retrasar su edad de jubilación («jubilación reversible» lo llaman, con esa magia tonta de las palabras que es hoy el único horizonte de la acción política).

No, no: el objetivo no puede ser económico. Es otro. El objetivo es desmantelar las sociedades que somos para construir otras sociedades nuevas: sociedades cada vez más fragmentarias, cada vez mas frágiles, donde el «yo» haya sustituido al «nosotros», porque nada habrá ya de común en la primera persona del plural.

Y todo eso, ¿para qué? ¿Por maldad? ¿Por estupidez? No. Son ideas. Ideología, más bien. Con su imprescindible carga de interés, por supuesto. Cosmópolis: podemos llamarlo así.

No hay que pensar en siniestras conspiraciones de oscuros sanedrines: el proyecto de construir tal mundo, universalmente transparente, regido sólo por una razón supuestamente común a todos los hombres, forma parte de la esencia misma de todas las ideologías modernas, y baste citar las «Ideas para una historia universal en clave cosmopolita» de Imanuel Kant.

Ahí está todo, en realidad: el mercado planetario sin barreras de los liberales, la sociedad sin clases de Marx, los catorce puntos de Wilson y el «One World» de Roosevelt, el «internacionalismo» soviético, el nuevo orden mundial de los globalistas, la Agenda 2030 y todo lo que el lector quiera poner… No hay ideología moderna que no abreve en esa fuente.

Cosmópolis es el nombre de la ciudad de mis novelas sobre El final de los tiempos, formada también por el aluvión de masas llegadas de todas partes, y Cosmópolis es lo que las elites rectoras de Occidente quieren imponer en el mundo, porque ese es su mundo y no conciben otro.

Por supuesto —¿hay que insistir?—, no se trata sólo de una opción ideológica: el proyecto implica fortísimos intereses económicos y de poder. Pero quede claro ante qué estamos: es la culminación del proyecto moderno occidental de destruir el viejo mundo —el de las catedrales y las coronas— y fabricar un mundo nuevo.

Para construir ese nuevo tipo de sociedad es preciso ejecutar un paso previo ineludible: vaciarnos por dentro, llevarnos a dejar de ser lo que somos, a no reconocernos en un suelo, en una herencia, en una lengua, en una gente, en una fe; deshacer cualquier rasgo que aún pueda hacernos sentir «comunidad».

En esto España ofrece un campo de pruebas especialmente propicio: el sistema lleva casi medio siglo enseñándonos la vergüenza de ser español, invitándonos a no tener más hijos, cubriendo de escarnio cualquier forma de tradición y ya no digamos de patriotismo, promocionando la destrucción de la herencia cultural, colocando en su lugar identidades de sustitución sobre la base de las nuevas «identidades autonómicas»…

Es posible que mucha gente sienta aún, de forma más o menos consciente, la necesidad de mantener su identidad histórica real, pero el poder se ha ocupado de eliminar en lo posible los instrumentos que pudieran dar forma a la resistencia.

Por eso ahora podemos asistir al alucinante espectáculo de cientos de miles de personas desembarcando en nuestras tierras y llenando nuestras ciudades aunque aquí no haya trabajo para todos, o a esa otra tragedia de los campos donde los paneles solares y los molinos de viento —que, sí, son gigantes— sustituyen a los cultivos mientras importamos de fuera lo que antes hacíamos dentro, todo ello entre el aplauso de unos medios que forman parte de la misma élite rectora y el bostezo obeso de una buena porción del paisanaje.

Y lo peor de todo es que, al cabo, Cosmópolis no es verdad: es imposible porque los que llegan no se vacían, como lo han hecho las sociedades de acogida, sino que quieren seguir siendo lo que son (cosa que, en rigor, no se es puede reprochar).

Y así el sueño ilustrado de un mundo racionalmente transparente se convierte en la pesadilla de unas sociedades rotas donde racionalidades opuestas se enfrentan a muerte, sin que nadie pueda poner paz porque, desterrado Dios, ya no hay una instancia superior a la que se pueda apelar.

El poder, encastillado en sus prejuicios, sus dogmas y sus intereses, seguirá adormeciéndonos con sus discursos ora más ruidosos, ora más melifluos, para que le dejemos hacer, para que nos dejemos hacer.

 Y esa monstruosa Cosmópolis seguirá creciendo, informe, sobre los escombros de lo que un día fuimos. Es hora de despertar.

José Javier Esparza (La Gaceta)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 26/08/2025

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