Septiembre llega como siempre, con olor a cuadernos nuevos, mochilas más caras que un máster universitario y padres haciendo malabares entre el precio de los uniformes, la luz que sube como un cohete y el gas que amenaza con derretir las pocas esperanzas que quedaban del verano.
Eso sí, desde Moncloa nos animan a la “vuelta al cole” con un panorama digno de aplauso, ayudas anunciadas para los damnificados de los incendios, sin presupuesto definido, pero con toda la solemnidad de un Consejo de Ministros dispuesto a repartir promesas como cromos de patio de recreo y culpas de gestión.
Porque si algo saben nuestros gobernantes es que prometer no cuesta. Y mientras media España ardía, el equivalente a 400.000 campos de fútbol, dato que suena más a récord Guinness que a tragedia nacional, la familia política y sus allegados disfrutaban de un verano deluxe en La Mareta.
Veinte días de retiro espiritual, claro, porque pensar en cómo mantenerse en la Moncloa requiere concentración, cócteles y quizá un masaje tailandés.
Ahora toca el retorno a la realidad, facturas de luz que dan miedo abrir, gas que se paga como si lo trajeran en frascos de perfume, colegios pidiendo listas interminables de material escolar (¿de verdad necesitan tres diccionarios por niño en la era digital?) y la eterna factura política, pagar el peaje de los socios independentistas para seguir respirando en el sillón presidencial. Todo un horizonte alentador para la economía familiar, que ya se parece más a un sudoku imposible que a una cuenta corriente.
Y como guinda, el gran debate innovador, ¿crear una lista oficial de pirómanos? ¿Ponerles pulseras telemáticas? Una medida digna de película de sobremesa, mientras seguimos discutiendo si los incendios son obra del cambio climático, de los 47 detenidos o de las cien manos investigadas. El clima, al parecer, no quema tanto como la improvisación política.
Así que sí, comienza la vuelta al cole. Mochilas cargadas, bolsillos vacíos, discursos llenos y promesas en rebajas. Pero tranquilos, siempre nos quedará el consuelo de que, mientras hacemos números para pagar las facturas, alguien en La Mareta todavía recuerda lo bien que sienta un verano a todo tren. ¡Viva la versión moderna de gobernar!.
Salva Cerezo