Nuestro gobierno parece haber descubierto un nuevo deporte olímpico, basado en el salto sobre callos diplomáticos. Lo practican con tanto entusiasmo que ya no se sabe si su objetivo es fortalecer la posición internacional de España o dejar a todos nuestros aliados occidentales con los pies vendados.
Porque, seamos claros, no es poca cosa. A Israel le guiñan el ojo para luego darle una patada en la espinilla, a Estados Unidos lo marean con discursos ambiguos, Francia ya ni sabe si invitar a la cena o cerrar la frontera, y Bruselas observa, entre resignada y perpleja, cómo nos hemos especializado en dispararnos en el pie… pero con puntería perfecta.
Y justo cuando parece que no queda más margen para la incoherencia, aparece la jugada maestra, mandar al Rey Felipe a China como embajador improvisado, justo en el momento en que el gobierno cierra contratos con Huawei, como si Europa no hubiera advertido cien veces sobre la dependencia tecnológica del gigante asiático. Una mezcla entre “House of Cards” y “Mortadelo y Filemón”.
La ironía es que, mientras presumimos de “valores europeos”, vamos repartiendo reverencias en Pekín, como si Xi Jinping fuera el nuevo mejor amigo de la casa. Es como si uno se declarara vegano en público y luego se escondiera para comerse un chuletón.
Quizá el problema sea que confunden el tablero de ajedrez con un parchís creyendo que pueden mover la ficha de España a base de “seis y sale”, sin comprender que en la partida global, lo que no beneficia al enjambre, tampoco beneficia a la abeja.
Y como bien dijo Marco Aurelio, nuestro sabio emperador, una abeja que decide volar sola acaba descubriendo que sin enjambre… no hay miel.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 18/09/2025

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