Dicen que el queso cura todos los males… y, por lo visto, también los políticos. En Cataluña, donde el arte del “tira y afloja” se ha elevado a disciplina olímpica, el maestro quesero no es otro que Puigdemont, que vuelve a sorprender con su receta estrella: cortar con Sánchez, pero sin bajarse del tren de los sueldos públicos. Un queso bien curado, que disimula el picor de los votos rancios y
el aroma agrio de las encuestas.
El truco es de manual: fingir enfado con el vino —el socialista—, pero no tanto como para dejar de beberlo. Porque una cosa es parecer digno y otra es quedarse seco. Así que, mientras amenaza con “romper” con el Gobierno, Junts se mantiene cómodamente en la barrica del Congreso, cobrando como diputados y dejando que otros se pringuen con la moción de censura. Ni contigo ni sin ti… que diría la copla.
“Mi foto con el PSOE, no; pero con PP y Vox, menos”, parece ser la consigna. Vamos, que Puigdemont no quiere retratarse con nadie, salvo con su propio reflejo en el espejo del poder. Lo justo para seguir en campaña permanente, airear el discurso soberanista y, de paso, frenar la caída de intención de voto que ya olía a vino picado.
Y mientras tanto, Sánchez, con su copa en la mano, finge que el vino aún está bueno. “No pasa nada —dice—, solo tiene cuerpo”. Claro, cuerpo y olor a queso viejo.
, al final, todo este teatro recuerda a las viejas tabernas manchegas que, cuando el caldo era malo, se servía con queso para disimular. Y aquí, el queso huele a estrategia, a cálculo y a dieta rica en privilegios. Nadie quiere dejar el plato, pero todos juran que lo hacen “por el pueblo”.
Eso sí, el pueblo, como siempre, paga la cuenta… y sin probar el vino.
¿Moraleja? Que en política, como en las fondas medievales, más vale no fiarse del camarero que te ofrece la copa con queso. Porque cuando te la dan con queso, ya sabes… el vino siempre está picado.
Salva Cerezo