Me pregunto en qué momento los egipcios del Éxodo empezaron a sospechar que aquella racha de desgracias no era normal. La ventaja de su situación sobre la nuestra era el alivio de no sentirse cómplices de las decisiones del Faraón.

Ese es el consuelo de las dictaduras sobre las democracias, que si se convierten en tiranías uno puede sentirse solidario con sus compatriotas como víctimas de una desgracia común que ninguno de ellos ha elegido.

La paradoja de las democracias actuales es que, siendo regímenes basados en el principio de la Voluntad Popular —un mito menos creíble que el Minotauro—, una proporción extraordinaria de sus gobernantes tengan un respaldo ciudadano que muchos déspotas de la antigüedad considerarían inasumibles.

La impopularidad de Keir Starmer parece no tener suelo, Macron es aborrecido con entusiasmo en Francia, Merz perdió el primer puesto en intención de voto a la semana de ser elegido canciller y el aborrecimiento popular hacia Pedro Sánchez empieza a adquirir rasgos mitológicos. Y, sin embargo, todos ellos fueron de un modo u otro elegidos por el pueblo.

Es difícil explicar esta paradoja, pero una de las causas posibles es que Occidente, desde 1789, ha sustituido la tradición por la ideología. La tradición es anónima, colectiva, flexible, adaptada a realidades concretas, como un empirismo místico. Si una solución se convierte en costumbre, y la costumbre en tradición, es porque funciona, porque es el resultado de un proceso de prueba y error que optimiza las condiciones objetivas.

La ideología, por el contrario, tiene nombres y apellidos, profesores encerrados en su despacho, en las alturas, a leguas del mundo real y tangible, dibujando mundos a priori a los que la realidad debe adaptarse. Se habla a lo loco de «tradiciones anquilosadas», y es cierto que la tradición, cuando no está viva, puede anquilosarse. Pero la ideología nace ya anquilosada de fábrica.

Puede argumentarse que la tradición, movimiento lento, avanzar pausado, no puede responder a un entorno material, tecnológico, endiabladamente complejo en el que no puede responderse a los problemas con soluciones tradicionales. Por eso resulta especialmente curioso que las plagas que han caído últimamente sobre nosotros tengan el sabor de lo elemental: la codicia, la peste, el agua y el fuego.

Todo eso lo conoce bien la tradición. La tradición, sobre todo la cristiana, conoce bien el problema de la naturaleza caída del ser humano. Como conoce el agua y el fuego, ha aprendido a amarlos y temerlos, porque la relación tradicional del hombre con la naturaleza es más sutil que cualquier ideología. Sabe que el agua y el fuego son lo mejor y lo peor, que son dos bestias formidables que hay que domar para que nos sirvan, sabiendo que también pueden destruirnos.

La tragedia es que mientras la tradición es —por decirlo con una palabra de moda— resiliente, antifrágil, y admite que se retire la pieza que ha dejado de ser útil sin que su ausencia afecte al edificio, la ideología es un castillo de naipes donde retirar una carta provoca el derrumbe de toda la estructura.

La gota fría, como los incendios que asolan España, fue inevitable, pero la magnitud del daño sí se puede paliar, igual que puede amplificarse. Las comunidades que llevan siglos sufriendo estos azotes han aprendido a combatirlos, preverlos y minimizarlos. Pero permitir que se apliquen las soluciones tradicionales, mejoradas por la tecnología, choca con la imposición del dogma ideológico del Cambio Climático y toda la doctrina oficial verde. Y negar un solo punto del edificio ideológico es arriesgarse al derrumbe de la propia legitimidad.

Y uno recuerda la cita de Sun Tzu, probablemente apócrifa: el malvado está dispuesto a arrasar la tierra con tal de gobernar sobre las cenizas.

Carlos Esteban (La Gaceta)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 22/08/2025

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