En España hemos perfeccionado el noble arte de la politización de la tragedia. Tan sofisticado nos ha quedado el invento que ya no se trata de ayudar a los afectados, sino de ver quién puede colgarse la medalla más brillante en la pasarela de la desgracia ajena. Total, ¿qué más da que los vecinos sigan con el barro en las casas o con las cenizas en el tejado?
La culpa, como siempre, no está nunca en el despacho propio. Hoy toca señalar a las autonomías, mañana a los ayuntamientos. Se abre la “caza de brujas institucional”: ¿Quién debía haber limpiado el monte? ¿Quién tenía que haber contratado más técnicos? ¿Quién debía tener presupuestos que jamás existen? Es un juego de manos magistral, porque todos acaban siendo inocentes… menos los que se quedaron sin casa.
Mientras tanto, la España vaciada ya no sabe si llorar, rezar o simplemente resignarse. Allí siguen, con la fe agotada, viendo cómo las ayudas de La Palma todavía se buscan en algún cajón ministerial cuatro años después, o cómo los damnificados por la DANA en Valencia siguen esperando el cheque que nunca llega, como si fuera un unicornio administrativo.
Se dice, con razón, que los incendios se apagan en invierno, desbrozando los bosques para que no se conviertan en fallas improvisadas. Pero claro, eso ni da votos ni permite selfies. Mucho mejor dejar que el monte se convierta en un polvorín y, cuando todo arda, salir en helicóptero, a ser posible uno de esos de lujo, para hacerse la foto con cara compungida y prometer millones que nunca llegan.
La guinda, por supuesto, está en las vacaciones. Porque un político puede dejar el chiringuito, el yate o la hamaca en el Caribe, pero no para supervisar la catástrofe, sino para encabezar la manifestación contra el gobierno autonómico de turno, siempre que sea de signo contrario. La tragedia ajena, al fin y al cabo, es la mejor pancarta electoral.
Lo dijo Schiller: “Quien vive entre los deleites y los vicios ha de expiarlos luego con la humillación y la miseria”. Pero tranquilos, aquí la miseria la expía el pueblo; los deleites y los vicios, esos, que no falten en la agenda oficial de los privilegiados políticos de la casta.
Salva Cerezo