Revisando las campañas que se lanzaron en nuestro país bajo el lema «Todos contra el fuego», entre 1988 y 1993, nos damos cuenta de todo lo que hemos perdido. Y no lo digo por la farándula tardochentera (el dúo cómico Las Virtudes o Ramoncín son algo que había borrado de mi memoria histórica) que prestó su imagen de forma altruista, ni por las hectáreas de bosque calcinado, sino por la autonomía y la libertad.

Más allá del mensaje institucional lanzado por el ICONA dependiente del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, podemos reparar en detalles costumbristas absolutamente elocuentes. Con toda naturalidad, y sin miedo a la cancelación, un padre de familia fuma en su Renault 21 llevando a la chavalería a bordo.

Mientras, un grupo de amigos acampa y hace barbacoas en un claro que no parece tener señalizaciones de idoneidad o prohibición, subvenciones con sello europeo ni normativa ISO. En la propia publicidad aparece sobreimpresa la recomendación de limpiar un cortafuegos cercano antes de encender cualquier lumbre.

Explicaba ayer Lolo de Juan, apasionado hombre de campo, que en la actualidad cuando uno pide permisos para un camino, una charca o un cortadero, siempre hay una coartada para denegarlo. Llámese zona Zepa (Especial protección para las aves), Lugar de Interés Comunitario o Red Natura.

El productor de los anuncios de concienciación frente a los incendios veraniegos que se emitieron en la televisión de aquella España despreocupada que empezaba a creerse moderna y a mirar a Europa, explicaba que la finalidad de los mismos era el recordatorio de un peligro y de la responsabilidad individual.

En ningún caso, decía, iban dirigidos al «incendiarismo». El término no está reconocido por la RAE pero sí la voz «incendiario»: Que incendia con premeditación, por afán de lucro o por maldad.

Estaba claro que el incendiarismo, como el milenarismo, iba a llegar. En cualquier caso, el concepto que se popularizó en aquellos años fue el de pirómano. En el imaginario colectivo, cualquier loco de la España profunda al que le excitaba ver cosas arder y que, en solitario, aprovechaba los veranos para sus aficiones.

Tras una semana de fuegos descontrolados que asuelan la mitad occidental de nuestro país —desde Chandreja a Cádiz pasando por Molezuelas de la Carballeda; desde las Médulas a Jarilla, calcinando los Picos de Europa— y con el saldo de cuatro muertos, hay más de un centenar de pirómanos detenidos o investigados.

El dato policial no ha sido óbice para que Pedro Sánchez haya atribuido la tragedia al cambio climático y anunciado un pacto de Estado (con sus comisiones, subsecretarías y cargos públicos) contra el abstracto ente ideológico. El cambio climático es el apocalipsis y el pirómano su profeta. 

El hipocampo y la retina todavía guardan imágenes —no nos dan tregua— de l’horta sud anegada en Valencia. Recordamos que normativas y directrices causaron la precaria conservación del Barranco del Poyo, como ocurre en los montes y dehesas devorados por la llamas. No olvidamos al Estado de las Autonomías proporcionando impunidad a los responsables políticos.

Tenemos presente la denegación de auxilio que sufrió el pueblo valenciano por parte de la gobierno. Cuentan que en zonas afectadas por los incendios hay retenes sin activar. «Si quieren medios, que aprueben los presupuestos».

En estos momentos en España hay hombres y mujeres luchando por sus animales bajo cielos rojos y mantos de cenizas. Hombres y mujeres defendiendo lo rural y perdiéndolo todo. Siendo forzados al desarraigo por políticas y agendas criminales, despojados de sus cultivos y su modo de vida. Tras las sanciones a agricultores y ganaderos, la burocracia asfixiante y los precios irrisorios como tercio de varas, el fuego como estocada.

Asistimos con dolorosa frecuencia a la lucha de David contra Goliat donde Goliat no es la naturaleza. Si al menos fuera la naturaleza.

El filósofo francés Fabrice Hadjajd escribe en Ecología trágica (Rialp, 2025): «Espero sinceramente que el cambio climático, la deforestación masiva y la desaparición de especies lleguen a su fin. Sería bueno que pudiéramos alejarnos de todas las crisis que actualmente nos obsesionan y volver a la naturaleza en toda su abundancia, hace treinta siglos.

Entonces podríamos abrir los ojos a la tragedia real e incomprensible».

Esperanza Ruiz (La Gaceta)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 20/08/2025

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