Hay oficios que nunca pasan de moda. El del herrero, el del panadero… y, cómo no, el del chafardero. Ese ser inquieto que no puede vivir sin asomarse al balcón ajeno para ver qué se cuece en la intimidad de los demás.
Hoy, eso sí, el chafardeo ha ascendido de categoría, ya no se practica en el lavadero del pueblo, sino en ruedas de prensa, platós de televisión y redes sociales, convenientemente regadas con dinero público.
Porque en política, cuando faltan explicaciones, sobran cotilleos. Y si no que se lo pregunten a Óscar Puente, paradigma moderno del xafardeig institucional. Mientras los trenes de Renfe juegan al escondite con los horarios y los viajeros aprenden zen forzoso en los andenes, el ministro se dedica a airear intimidades, repartir motes y señalar pecadores… siempre en nombre del Gobierno, por supuesto. Que hablar de los demás es mucho más cómodo que hablar de la propia gestión.
El término chafardear viene del catalán safareig, el lavadero. Aquel espacio sagrado donde se lavaba la ropa… y se ensuciaban reputaciones. Allí, entre sábanas y refajos, nacieron expresiones inmortales como “lavar los trapos sucios” o “hay ropa tendida”. Frases que hoy encajan a la perfección en el Consejo de Ministros, no por la ropa, sino por la cantidad de trapos que vuelan cada semana.
Eso sí, el chafardeo político tiene una diferencia esencial respecto al de antaño, porque antes se hablaba bajito y con pudor; ahora se hace con micrófono, sonrisa sobradora y tuit fijado. Y no importa si se sabe o no de lo que se habla. Porque, como bien decía aquel sabio anónimo, si solo habláramos de lo que sabemos, se produciría un silencio tan incómodo que quizá nos obligaría a pensar. Y pensar, ya se sabe, no cotiza bien.
El chafardero profesional no informa, sino que distrae. No explica, señala. No gestiona, chilla. Suele tener esa vocecilla aguda, curioso fenómeno, con la que te acusa de todo mientras él pasa de puntillas sobre sus propias responsabilidades. Y cuando alguien, por puro atrevimiento, decide tumbarse en una hamaca metafórica y observar el espectáculo, siempre aparece el moralista de turno para sentenciar:
—¿Sabes que la pereza es pecado?
A lo que solo cabe responder, con la serenidad del que ya ha hecho la colada:
—Y la envidia también, vandarra.
Porque al final, en este gran lavadero nacional, no faltan detergentes, ni espuma, ni ruido. Lo que escasea es el agua limpia… y las explicaciones.
Salva Cerezo