Hay gobiernos que gobiernan y gobiernos que resisten. El de Pedro Sánchez pertenece claramente a esta segunda categoría con un ejecutivo especializado no en resolver problemas, sino en sobrevivirlos. Una especie de náufrago profesional que, cuando el agua le llega al cuello, descubre de pronto que también sabe caminar sobre ella.
El panorama es digno de un cuadro barroco, sin presupuestos, con las Comunidades Autónomas sublevadas ante una financiación a la carta para Cataluña, con los socios de investidura en pie de guerra que le obliga a imponer decretazos para eludir la votaciónen el Congreso, y con una ristra de casos de corrupción que ya no caben en un sumario, sino en una estantería de IKEA. Todo ello aderezado con la pérdida progresiva de bastiones autonómicos, esos que antes eran “territios de progreso” y hoy son simples recuerdos en sepia.
Y cuando el incendio parece incontrolable… aparece Jordi Sevilla. Nada menos que un histórico socialista levantando acta notarial del hartazgo interno con un manifiesto contra el liderazgo personalista, sectario y ensimismado de Sánchez. Traducido al castellano llano: “Pedro, el problema no es la derecha, eres tú”. Una frase que en Ferraz suena a herejía, pero que fuera empieza a parecer sentido común.
Mientras tanto, Sánchez sigue en su papel favorito, el del líder incomprendido. Según su guion, todo es culpa de la ultraderecha, de los medios, de los jueces, de Europa, del clima… y, si hace falta, de Mercurio retrógrado. Que su estrategia esté impulsando a la derecha a su mayor auge en años no es un efecto colateral, un elefante en la habitación, pero que con carnet del PSOE nadie parece verlo.
Y cuando la realidad aprieta demasiado, llega el ruido. Venezuela, Trump, Groenlandia, Mercosur, Irán… cualquier escenario lejano sirve para desviar la mirada del espectador, como buen truco de prestidigitación. Porque el sanchismo no gobierna, distrae. No lidera, relata. No convence, resiste.
La gran pregunta ya no es si el modelo está agotado, sino si Houdini volverá a escapar una vez más. ¿Quedan conejos en la chistera? ¿O estamos ante el último acto de una función que se alarga más por orgullo que por apoyo real?
Tal vez el final del sanchismo no llegue con un estruendo, sino con algo mucho más peligroso, como es el cansancio generalizado. Porque cuando ni el miedo, ni el ruido, ni los enemigos imaginarios funcionan… el truco se rompe. Y entonces, por primera vez, el mago se queda solo en el escenario, bajo una luz demasiado blanca, sin aplausos y sin salida.
¿Se acerca el final? Nadie lo sabe. Pero una cosa es segura, y es que el público ya ha empezado a mirar el reloj, tic, tac…
Salva Cerezo

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Última Actualización: 13/01/2026

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