En política moderna hay una regla no escrita:
si no sabes cómo controlar algo… créale una plataforma.
Y si además le pones un nombre ambiguo, mejor todavía.
Así ha nacido la última genialidad del laboratorio político de Moncloa con la plataforma “Hodio”, una iniciativa presentada con solemnidad institucional y explicaciones tan claras como un manual de instrucciones en sánscrito.
Porque, de momento, nadie sabe muy bien qué es Hodio.
No sabemos si es un observatorio, un comité, un algoritmo, una oficina, una app o una mezcla de todo lo anterior con aire de startup subvencionada. Pero lo que sí sabemos, porque en España ya tenemos experiencia, es que cuando el poder habla de regular redes sociales, normalmente lo que quiere decir es vigilar redes sociales.
Y cuando habla de vigilar… suele acabar queriendo controlar.
Según la explicación oficial, Hodio nace para “combatir el odio en internet”.
Una causa noble, sin duda. Tan noble que nadie se atreve a discutirla.
El problema aparece cuando uno intenta averiguar quién decide qué es odio.
Porque una cosa es perseguir amenazas o delitos, que para eso ya existe la ley, los jueces y la policía. Y otra muy distinta es crear una estructura nueva, con su presupuesto, su plantilla, sus despachos, sus asesores y, por supuesto, sus correspondientes palmeros institucionales.
Que en este país las plataformas públicas funcionan como los champiñones:
crecen rápido cuando hay humedad presupuestaria.
Así que uno empieza a imaginar cómo será Hodio.
Tal vez un moderno edificio lleno de pantallas donde jóvenes expertos analizan tuits con cara de preocupación democrática.
Quizá un grupo de comisarios digitales clasificando opiniones como si fueran setas:
“esto es crítica”,
“esto es sarcasmo”,
“esto es peligroso”,
y “esto… mejor borrarlo por si acaso”.
Porque en el fondo el asunto tiene cierto aire a Ministerio de la Verdad versión wifi.
No declarado, por supuesto.
Aquí todo se hace por tu bien, por la convivencia, por la paz digital y por la armonía universal de los timelines.
Y mientras tanto, en las redes sociales millones de ciudadanos se preguntan lo mismo:
—¿Será esto otra herramienta contra el odio…
o simplemente una lupa para mirar de cerca al que discrepa?
Pero claro, en política el lenguaje lo es todo.
Por eso no se habla de censura, se habla de protección.
No se habla de control, se habla de supervisión.
Y no se habla de colocar a los amigos, se habla de crear estructuras institucionales necesarias.
Total, que al final tendremos otra plataforma más, otra oficina más, otro presupuesto más… y probablemente las mismas dudas de siempre.
Porque en democracia el odio es un problema, sí.
Pero el miedo a que el poder decida qué podemos decir también lo es.
Y mientras los ciudadanos intentan entender qué demonios es Hodio, en algún despacho seguro que ya están preparando el organigrama. ¿Verdad, Sr. Oscar Puente?
No vaya a ser que la lucha contra el odio se quede sin suficientes cargos de confianza.
Porque como dice el refrán:
“Quien parte y reparte… se queda con la mejor parte.”
Salva Cerezo