A donde quiera que se mire se ve que los mismos que debieran aplicar la ley son los más culpables. Muy pocos de entre ellos aman lo bastante el bien como para sacrificarle sus ambiciones, todas las pequeñeces de su egoísmo. No sé si habrá entre ellos alguno que, habiendo cumplido totalmente con su deber, pueda declarar, a la vista de todos, que España no tiene nada que reprocharle.

Delincuentes en su gran mayoría, por activa o por pasiva, nuestros políticos de la Transición democrática, al finalizar impunes su periplo político, cobrando la pensión vitalicia que a sí mismos se asignaron, sentados cómodamente en el sofá de su espléndida mansión, viendo pasar las nubes, y contándolas, y memorando plácidamente las demagógicas palabras últimas que dedicó al populacho despreciable, levantan las manos haciendo dos higas y gritando: «Toma, Dios, ¡te las dedico!».

Porque tenemos incontables ejemplos de que, entre los hombres y mujeres privilegiados que integran la casta partidocrática, cada cual, olvidando los intereses de la patria, se ha dedicado y se dedica a perseguir su ambición personal o sencillamente a sobrevivir a base de privilegios y sinecuras.

Y con estos modelos y convencidos de la impunidad del gremio, van surgiendo nuevos cachorros que se acercan a la política sectaria con la consabida intención de medrar. La secta política de Podemos y sus múltiples ramificaciones constituyen el muestrario más actual de lo antedicho.

Políticos al husmo, cada vez más jóvenes, ágrafos y ávidos, que se van renovando o innovando, de nombre nuevo y de hábitos viejos, halagadores del pueblo, que es el dato esencial para conocer su nivel de demagogia.

Políticos que fingen riñas con la casta, su desacuerdo con la ideología del opositor, y amenazan con crisis hasta que encuentran un lugar en el banquete, un cómodo sillón y ventajas en el botín.

Y que hacen olvidar a la plebe que cuando la política se concibe como la administración de lo público en beneficio privado, esa política es inmoral, y cuando los políticos se creen propietarios de la administración pública y de la ley que la rige y administra, esos políticos son indeseables.

El caso es que, de este modo, a cambio de transformarse en palmeros y someterse al jefe, se les concede la impunidad y la correspondiente parte alícuota en el despojo de la patria, pues se trata de que las fortunas personales se extraigan de los cargos públicos y que nadie pueda reprochar ni denunciar la corrupción del vecino, por estar también pringado. Un Estado así, montado sobre la corrupción y el chantaje, es el peor de los posibles. Y ese es el que, gracias a la democrática Transición, corresponde hoy a España.

En la naturaleza de los políticos está el equivocarse. Pero si sus equivocaciones son voluntarias, premeditadas e interesadas, como mayoritariamente ocurre, debieran llamarse por su nombre: prevaricaciones o cohechos.

Por eso hay que aprender a sobrevivir a los políticos facinerosos y desleales. ¿Cómo? Encarcelándolos. De esta manera, bajo hierros, han de salir de sus gobiernos todos los malos gobernantes; y no sólo eso, también han mantenerse en lo profundo del abismo social con la carga de su desprestigio, muertos de hambre, descoloridos, y sin blanca.

Ese instinto de sobrevivir a cualquier precio que define a los profesionales de la casta política, debería alentar también en el seno de la ciudadanía, respecto de sus enemigos, los profesionales partidocráticos.

El pueblo necesita recordar constantemente que el poder es la principal condición de la corrupción. Y el poder absoluto, como el que hoy ostenta el siniestro socialcomunismo -trufado del más turbio capitalismo- de Sánchez, supone la corrupción absoluta.

Todos estos farsantes, tipos y tipas, que se mantienen vitalicia y delictivamente en la poltrona o que entran en el paraninfo de la política no por la puerta, sino por las bardas, como salteadores y ladrones, tienden a perder el sentido de la medida, según van sintiéndose más impunes. Todos ellos tienen un enemigo común: el ciudadano libre. Y como frente a él sueldan su pacto de acero y maquinan sus abominaciones, los espíritus libres, la masa crítica, debe amalgamar también su pacto inquebrantable.

Lo malo es que se ven muchas y plausibles asociaciones y organizaciones patrióticas, pero no se vislumbra el Organizador que las amase. Un líder o un grupo de líderes capaz de fusionar el malestar que se respira, capaz de hacer tragar al mentiroso sus mentiras, al traidor sus traiciones.

Y ello es imperativo, por el bien de la patria. Y porque es feliz el justo que contempla la caída del canalla, de los canallas.

esús Aguilar Marina (ÑTV España)