Es posible, amable lector, que alguna vez hayas sentido el corazón anegado de una emoción intensa al visitar lugares donde los monumentos o las ruinas de la vieja España atestiguan, como muchos otros testimonios, la nobleza y el esplendor de una hermosa época desaparecida para siempre. Y que con tristeza hayas tratado de comparar en vano aquella época gloriosa con la historia actual.

En vano habrás de entregarte a la fantasía, ese don maravilloso que la Providencia te ha concedido, para hacer revivir los tiempos pretéritos en que se movieron los actores y se produjeron sus obras, tratando de hallar algo semejante en este período histórico en el que te encuentras.
Pero nada, hoy, te pone en condiciones de comprender el sentido misterioso de las obras geniales de antaño. Por el contrario, despierto de nuevo a la realidad, ningún resto vivo queda de aquellos hermosos sueños, de aquellas biografías y de aquellos logros que hicieron gloriosa a la patria.

Lo que hoy te encuentras es una cruel rueda del tiempo que te muestra cómo de modo paulatino la sociedad viene padeciendo los acontecimientos oscuros de las agendas globalistas, ese proceso invasivo e imparable contra la humanidad.

Pero tú dudas de que esos votantes, de izquierdas y derechas, que persisten en reelegir una y otra vez a la casta partidocrática que los depreda, que se obstinan en encumbrar a quienes están destrozando su hacienda, su cultura, su patria y su vida, sean todos ellos estúpidos. Porque un estúpido es alguien que no comprende las cosas. Y esta cualidad tan pedestre no es en general la que distingue al actual elector español.

Esta mayoría de votantes no vota por imbecilidad, sino por sectarismo e interés, e incluso por odio hacia su prójimo, porque a estas alturas de la película sólo cuatro profundos tarados pueden no ser conscientes de la catástrofe. Por sectarismo no sólo ideológico y por interés no sólo económico.

Es decir, no es que no sepan lo que hacen. Saben muy bien que hacen mal. Pero lo hacen. Ítem más, si el rencoroso que vota odio supiera que ese odio sólo a él revertiría, y no también al vecino, jamás votaría a las izquierdas resentidas ni a sus cómplices. Porque aun siendo muy malvado, no es tan idiota.

Porque, en efecto, no suele considerarse con la atención necesaria el extendido resentimiento que alberga la masa contra sus vecinos, sus colegas, sus contertulios y sus compañeros y conciudadanos en general, ni que muchos de sus integrantes se acercan a las urnas con el lema de «cuanto peor, mejor», pues la maldad, aunque se comporta como estúpida y aunque suelen entenderse ambos atributos -maldad y estupidez- como sinónimos, nunca es absolutamente tonta ni roma.

Es el terrible maleficio de las dos Españas que los acechantes mantienen siempre vivo -no sólo política, sino sobre todo social o civilmente- y que hiela el corazón del espíritu mesurado.

Es, como digo, el archiconocido lema del resentido espiritual, del envidioso y codicioso, del aborrecible personaje que, ofreciéndole lo que guste con la sola condición de que a su vecino le darán el doble, pide al oferente que le saquen un ojo.

Pero, anécdotas aparte, el caso es que, cuando se convocan elecciones en una sociedad absolutamente podrida, su efecto supone para los políticos de la casta y para los resentidos de todos los colores la ocasión idónea para seguir instalados en la vileza y continuar chapoteando en el cieno.

Mientras que, al contrario, para los más prudentes las elecciones así configuradas constituyen algo que les resulta insoportable. Algo de lo que ellos solos, que irremediablemente se hallan inmersos en el engranaje, no pueden librarse, y que los ahoga y consume.

Las elecciones son aire viciado. Más aire viciado añadido al que ya se respira día a día en abundancia. Y los prudentes las sienten como algo mal constituido que se allega a ellos ominosamente; como la obligación de oler las entrañas de unas almas deformes, monstruosas.

Y por si la atmósfera electoral no estuviera suficientemente emponzoñada con-tanta ideología ofuscada y delirante, con tantas infundadas y alevosas vindictas y con tantos sórdidos intereses y miserables rencores, conviene recordar, así mismo, las irregularidades electorales detectadas por los algunos Tribunales provinciales, que, sin transparencia y excediéndose de su mandato y jurisdiccionalidad, son resueltas por los Tribunales Superiores y por el Constitucional, disponiendo, así, un auténtico pucherazo judicial.

O las trampas del censo, investigado y ahormado por una Junta Electoral dominada por el PSOE y por sus excrecencias; o las financiaciones ilegales de las campañas socialistas y separatistas, o la desigual oportunidad que exige para todos los partidos la propia Constitución (art.23), rota en beneficio del Sistema por la ley electoral y la de financiación de los partidos, ambas ilegales y discriminatorias.

El caso es que, en esta democracia que nos hemos dado, todas las cosas que se suceden son penosas; más penosas de lo que se puede decir, de lo que el ojo se sacia de ver y el oído se harta de oír.

Porque por infinitos comicios que se convoquen y en tanto no se destruya el Sistema que los dispone, lo que fue, eso mismo será; y lo que se hizo, eso mismo se hará. Pues, como saben los que leyeron el Eclesiastés, tampoco en estos tiempos, en estos momentos trágicos, hay nada nuevo bajo el sol. Menos aún en este chapatal de anuros, en esta función de engendros que es la desvanecida España de hoy.

Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)