Que la democracia liberal conlleva una pluralidad incoherente de individuos, sin unidad posible, es un axioma que no necesita de la teoría política más adelantada de Duverger. Esto es una realidad ante las acciones y reacciones de aquellos que quieren ser una independencia en el territorio hispánico (hecho histórico que no pueden borrar) y tirar cada cual a la consecución de sus intereses personales que llevan a una fragmentación que vuelve a repetirse.

Quienes tienen la obligación de conservar la unidad, la identidad y un objetivo común creador, parece que están en lo contrario. Lamentablemente, esto no es de hoy, sino que nuestro suelo patrio ha venido pasando por similar situación en reiteradas ocasiones a través de los siglos. Más parezca que queramos ser fieras que se acometen entre sí que basamentos pétreos que soporten la columna vertebral de nuestra España.

Hemos vuelto a caer en la continua división territorial y social gracias a quienes buscan restar, siendo lo de Sumar de la señora Díaz un mero enmascaramiento de los intereses particulares y partidistas de unos pocos frente a la total comunidad nacional.

De ahí que, cuando se destruyen presas, cuando se subvenciona el cese de la agricultura, se sacrifica la cabaña ganadera y se abandona el campo en beneficio de la ciudad, en aras de una Agenda 2030 que nos ha sido impuesta por manos enguantadas y con brillantes mandiles, cabe llegar a la conclusión que los que han estado al mando de esta nave en los últimos decenios no buscaban proteger los intereses españoles, sino de terceros y los suyos propios.

Si atendemos también a que eso de la Unión Europea es otra ficción en la que se diluyen las identidades nacionales no para encontrar una nación europea, sino para dejar de ser la identidad prístina y originaria que se poseía para entregarla con la sola base de continuas ayudas económicas que buscan un claro endeudamiento.

Un endeudamiento para España que comenzó con el primer gobierno de esta supuesta democracia, comenzando a elevar la deuda por encima de los ingresos.

Luego nos unimos a esa Comunidad Económica Europea, antecedente de la actual Unión, a la que ya nos entregamos rendidamente y sin contraprestaciones que equilibraran nuestro futuro, sino con nuevas y repetidas ayudas, unas a fondo perdido para la captación y pronta firma de nuestros ministriles, y otros a devolver junto con unos intereses a los que ha de hacer frente el gobierno de turno sea del signo político que sea.

Así, si VOX estuviera en el gobierno deberá continuar haciendo frente a unos intereses que en 2021 fueron de 26.805 millones de euros, para alcanzar en 2023 más de 31.000 millones de euros.

Deuda que no terminamos de pagar nunca y que es prioritaria frente a cualquier otro gasto del Estado español, por la modificación del artículo 135 de la Constitución de 1978 que acometió Zapatero como presidente del gobierno, apoyado -indiscutiblemente- por el Partido Popular. En lugar de acometer la auténtica reforma que necesita el pueblo español, que es eliminar la deuda y comenzar de cero, con todo lo que ello significa de salir de la prisión de la Unión Europea para establecer convenios encaminados a proteger nuestros propios intereses, seguimos con una aceptación cobarde.

Es vergonzoso que esa Unión Europea deje a España sola frente a Marruecos ante la no renovación del acuerdo de pesca, dejando fuera de los caladeros a nuestros pescadores. Pero más vergonzoso es que los gobiernos españoles hayan cedido a la demanda de eliminación de nuestra flota pesquera. Si contamos que en el año 1982 tenía 17.499 barcos pesqueros, en 2006 descendimos a 13.331 barcos, y en el 2022 tenemos 8.657 barcos. ¿A qué llegará nuestra pesca si continuamos aceptando una sumisión a intereses que no son los nuestros? A una mera imagen de algunos barcos en concretos puertos reservados como museo.

Todo ello en aras del teórico decrecimiento, enarbolado por el Club de Roma en los años setenta del siglo pasado, por el que hay que poner límites al crecimiento, y cuyos destinarios son los países de Europa. Teoría que se está llevando a la práctica a través una Europa que viene actuando como una auténtica anti-España y de la que son voceros los políticos que vamos teniendo, mientras dejamos a las multinacionales toda Africa, toda América Iberoamericana y el sur de Asia, como campo libre de sus maniobras arbitrarias, en las que la dignidad humana es inexistente.

A esto va avanzando España y, a lo mejor no es el momento de la sangre, sudor y lágrimas, pero sí de un giro de regeneración de nuestro Estado-Nación volviendo a las raíces, que no puede ser de otro modo -como indicara Laín Entralgo en su libro España como Problema– que volviendo a una educación unitaria en todo el territorio español, y una educación social por la que la industria, agricultura y pesca vuelvan a ser objetivos prioritarios para nuestra Patria, y a través de ella volvamos a encontrar nuestra vieja y auténtica identidad.

Luis Alberto calderón (ÑTV España)