Cuando una herida cierra en falso se fuerza la abertura para facilitar otra cicatrización, solo que en el caso de ETA no existe cura, ni sanidad, solo imposición y consecución de planes. De paz nada.

 Por pedir, exigir con violencia y conseguir el propósito, no quedará en la paz el logro de los que hoy se felicitan por una falsa concordia. La esencia pura de un asesino es la razón de ser de sus actos, no los objetivos por los que se dice luchar; es la ambición sin límite porque el asesinato rentabiliza de tal modo que no existe barrera desde la imposición del miedo para el irredento.

Si no hay consciencia del mal no cabe una oportunidad para el perdón. La experiencia del odio es un grado que pocos logran desterrar en la valiente recapacitación de la conciencia. Si tampoco hay punición, matar es jauja y aquí se ha demostrado que sale barato.

 El crimen con pretexto político en España es un capricho con ventaja y es por ello que alguien amenazará para dar razón de existencia a sus actos, sobre todo si vence con la sinrazón de la barbarie. No hay freno y acabará decantándose por el camino fácil de la violencia unilateral si no satisface sus hambres. Otra generación verá un relevo con nuevas exigencias por mucho que se avance en el proceso político.

 Pero no nos equivoquemos. La culpa no sería solo de quien mimada ya históricamente, consiguió asesinando lo que la justicia verdadera hubiese negado. ETA es sangrienta desde sus inicios y ha encontrado el modo de justificar sus acciones mediante la generalizada hipocresía política, el cinismo inescrupuloso y la inacción de la ley.

Impunes. No se podrá culpar al depredador de matar, pues es su naturaleza intrínseca y la lleva impregnada en los genes de un totalitarismo hecho a sí mismo, cuantas más ventajas adquirió durante su brutal trayectoria de fácil intransigencia.

La paz no la ha dictado el arrepentimiento sino la conveniencia. Mal origen pacificador. ETA se ha fusionado con el Estado de Derecho y los ciudadanos de bien percibirán una vibración de salvaje indignación y volverán sus miradas acusadoras sobre las alimañas políticas y jurídicas que dejaron la puerta abierta para que se masacrara el presente y el futuro, burlándose de la sangre derramada de las víctimas anteriores que nunca tuvieron derecho a defensa; ni antes de destrozarlas, ni después cuando se suponía que un Estado de Derecho al menos protegería sus memorias.

Se provocó un atroz dolor incrementado por la indiferencia de los asesinos y las burlas perennes de los insanos rencores. Los asesinos naturales matarían en cualquier lugar del mundo, porque son seres abstraídos de vesania sin importar la causa que la inspira.

 Unos pocos no son los culpables únicos de lo impune, porque ya los ciudadanos saben a quién acusar de estas maldades continuadas y pondrán nombre y apellidos a los jueces y políticos que causarán futuribles desastres que se avecinan si se tuerce una condicional hoja de ruta.

Mas no habrá engaño ya, no más repugnante disimulo, ni demagogias de chulos sin entrañas que tras los atriles políticos o en la decisión prevaricadora de los tribunales vayan a seguir camuflando las intenciones delictivas que han llevado a cabo, tras el amparo de una extraña e indecente justicia que parece dictar el mismo Satanás de la mentira institucionalizada.

 Ainhoa Barbarin es un ejemplo de terrorista que seguirá encarcelada por no mostrar arrepentimiento. ETA no recapacita sobre daños porque unos nacen para dar rienda suelta a un fácil destino de la discordia y la imposición por la sangre.

Apesta este país a falsedad pero los embaucadores están identificados. No habrá más engaños después de que el disfraz de la honorabilidad caiga y se vislumbren las vergüenzas. Primero Zapatero y luego Rajoy son los presidentes de la infamia; Sánchez la suma de esas aberraciones.

Las Víctimas son las únicas protagonistas dignas de esta traición. Como Toñi Santiago quien a punto de ver en libertad a los asesinos de su hija Silvia, es obligada a viajar al País Vasco, ver las caras de los criminales y comprobar la complicidad cruel de una justicia insensible incapaz de ponerse en el lugar de una madre coraje.

 La justicia verdadera no es de este mundo. ¿Acaso hay viaje de retorno, lejos de este abismo al que han arrojado al país políticos y jueces que parecen estar en nómina de Satanás? Basta una chispa para que reviente todo y la mecha es más fácil de encender que nunca para los destructores de la paz. A conveniencia toca pacificar la exigencia.

Andrés Martínez Maestro (ÑTV España)