El pasado domingo, Salvador Illa ganó holgadamente las elecciones catalanas. Por este motivo, y a pesar de los extravagantes amagos de Carles Puigdemont, que insiste en postularse como candidato a la presidencia de la Generalitat, le corresponde al PSC intentar componer una mayoría suficiente que permita al exministro formar un Gobierno que dote estabilidad institucional a Cataluña.

No será sencillo y a nadie se le escapa que las negociaciones se realizarán con una vista puesta en Madrid, pues las decisiones que se tomen en el Parlamento de Cataluña determinarán también la consistencia del Gobierno de Pedro Sánchez.

Los resultados electorales son los que son, pero las decisiones que adopte Salvador Illa serán determinantes para concretar cuál es el valor y el significado de esos 42 escaños. La debacle de Esquerra Republicana ha hundido al independentismo y el resultado del constitucionalismo invita a pensar que los catalanes aspiran a recuperar cierta serenidad política.

Este hecho no obsta para que la realidad política catalana siga siendo excepcional en muchos sentidos pues, en una coyuntura normalizada, las fuerzas no independentistas estarían llamadas a entenderse.

Si es cierto que existe una mayoría constitucionalista, lo razonable sería que Salvador Illa privilegiara el entendimiento con aquellas fuerzas con las que comparte el marco común de las reglas del juego.

Aunque no parece probable que el líder del PSC intente convencer al PP y a Vox para granjearse su apoyo, abrir esa conversación sería un acto de lealtad con todo el electorado que confía en nuestra arquitectura legal como garante de la convivencia democrática.

Si obviamos esta anomalía no menor, parece claro que Illa intentará construir una mayoría de mano de los Comunes y de ERC, y este pacto determinará definitivamente la posición del PSC. Si los socialistas deciden mostrarse como una fuerza proactiva en la defensa del marco constitucional y del imperio de la ley, se verán obligados a plantear unas condiciones que los republicanos tendrán difícil asumir.
Esquerra no es sólo una formación abiertamente independentista, sino que es un partido que en octubre del año pasado firmó un documento junto con EH Bildu y el BNG situándose de forma explícita en contra de la Constitución y de la Monarquía.

Las lecturas menos optimistas sostienen que el ascenso del PSC no tiene tanto que ver con el aumento del constitucionalismo en Cataluña, sino con el hecho de que los socialistas han incorporado parte de la agenda independentista o que, al menos, estarán dispuestos a seguir realizando concesiones contrarias a la igualdad entre españoles.

La ley de amnistía es sólo un ejemplo de cómo lo que hasta un determinado momento resultaba inadmisible para los socialistas puede acabar convirtiéndose no sólo en aceptable, sino incluso en deseable para el PSC siempre y cuando lo exija el nacionalismo catalán. Un nuevo estatuto o la concesión de nuevos privilegios fiscales son otras prebendas que los republicanos, a buen seguro, intentarán exigir para investir a Illa presidente.

El exministro de Sanidad tiene la posibilidad de imprimir un sentido a su amplio apoyo electoral y las decisiones que tome en las próximas semanas nos permitirán conocer cuál de los dos papeles está dispuesto a asumir: si el de un gobernante respetuoso con el orden legal y con la igualdad civil, o el de un presidente puramente pragmático y tolerante con la causa independentista.

También puede que, sencillamente, su misión consista en volver a ser candidato.

ABC