Nos vendieron la inmediatez como libertad, pero resultó ser un modelo de negocio. Y como todo buen negocio, tuvo pioneros, ventajas tempranas… y una puerta que hoy ya no está abierta para todos.
Los primeros influencers no llegaron a un mercado saturado, llegaron a un territorio virgen. Sin algoritmos caprichosos, sin competencia masiva, sin necesidad de publicar veinte veces al día para no desaparecer. Monetizaron cuando la atención era abundante y la oferta escasa. Hoy, ese pastel ya está cortado… y muy bien repartido.
El relato oficial sigue siendo el mismo, “Si te esfuerzas, si eres auténtico, si publicas con constancia, lo lograrás”. Una narrativa tan seductora como tramposa. Porque la realidad es que la mayoría trabaja gratis para enriquecer a unos pocos, como son las plataformas, marcas… y, por supuesto, a los pioneros que ahora viven de cursos donde explican cómo llegar a un sitio al que ellos accedieron cuando aún no había peaje.
La vida influencer ya no es sinónimo de libertad, sino de hiperdependencia del algoritmo, de la tendencia del día, del humor cambiante de una audiencia volátil. No crean contenido; lo fabrican. No comparten su vida; la explotan. Todo es inmediato porque el sistema castiga a quien se detiene a pensar.
Y mientras tanto, se perpetúa el engaño, miles de jóvenes convencidos de que están “construyendo su marca personal”, cuando en realidad están engordando un ecosistema que no les pertenece. Suben contenido, generan tráfico, crean deseo… y reciben a cambio visibilidad, esa moneda inflacionaria que rara vez se transforma en sustento real.
La productividad auténtica, esa que crea valor duradero, necesita tiempo, profundidad y, a menudo, anonimato. Pero eso no vende. Vende la ilusión de que el éxito está a un vídeo viral de distancia, aunque estadísticamente sea tan probable como ganar la lotería… comprando boletos para otros.
El problema no es que algunos vivan bien de esto. El problema es que se sigue vendiendo como un camino abierto cuando en realidad es una élite cerrada. Un club donde los de dentro ya no compiten, administran. Y los de fuera se desgastan intentando entrar.
La inmediatez no es solo nuestro peor defecto; es la coartada perfecta para no hablar de desigualdad, de saturación y de un modelo que ya no crea oportunidades, sino aspirantes.
Porque cuando el pastel ya está repartido, lo único que crece…
es el número de invitados mirando desde fuera.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 12/01/2026

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