Erase una vez, en el idílico reino de Iberia, donde los veranos son largos, los inviernos cortos y los impuestos eternos, vivían tres criaturas muy peculiares: la cigarra, la hormiga y el joven mileurista.
La cigarra, ya la conocemos: cantaba, bailaba y pasaba el verano despreocupada. La hormiga, también conocida, trabajaba de sol a sol, cargando provisiones sin quejarse, convencida de que el esfuerzo traería recompensa.
Pero el cuento tuvo un giro inesperado: apareció un tercer personaje, el joven mileurista. Este, al contrario que la cigarra, no cantaba porque no tenía fuerzas después de diez horas de trabajo en prácticas no remuneradas. Y, al contrario que la hormiga, tampoco almacenaba provisiones: no podía, porque el sueldo se le iba en alquiler, gasolina, comida y, cómo no, en mantener la maquinaria recaudatoria del reino.
La moraleja original decía que la hormiga, previsora, sobrevivía al invierno mientras la cigarra pasaba frío. En la versión española 2.0, la hormiga paga impuestos, el joven mileurista paga impuestos, hasta la cigarra paga impuestos… y cuando llega el invierno, todos pasan frío, menos los que viven en palacios climatizados a cuenta del presupuesto público.
Mientras tanto, el Gran Presidente del reino aparece en escena, proponiendo solemnes “pactos de Estado”, como si con esas palabras mágicas se resolvieran alquileres imposibles, contratos basura y sueldos de miseria.
A su lado, Puigdemont, convertido en un peculiar narrador desde su guarida europea, advierte que en otoño decidirá si sigue cantando al son del gobierno o si cambia la melodía. ¿Acaso considera que ya ha exprimido bastante al ejecutivo, como quien exprime una naranja hasta dejarla seca?
Los jóvenes, protagonistas invisibles de la fábula, siguen esperando que alguien les cuente cómo se construye un futuro cuando el presente se parece más a un castigo perpetuo. Y quizás, algún día, cuando se reescriba la fábula de la cigarra y la hormiga, aparezca por fin un final alternativo en el que el mileurista no solo paga impuestos, sino que también recibe algo a cambio.
Hasta entonces, seguiremos cantando… pero más por desesperación que por alegría.
Salva Cerezo