La última cumbre con China ha sido menos un encuentro diplomático y más un espectáculo circense de “músculo autocrático”. Entre banderas rojas, sonrisas de porcelana y discursos donde la palabra “libertad” brilla por su ausencia, se nos recordó que el dragón asiático no necesita votos, solo obediencia y contratos jugosos.
Y allí, como quien no quiere la cosa, aparece de nuevo nuestro expresidente viajero y hombre de negocios, José Luis Rodríguez Zapatero, un hombre que no sabe distinguir entre un mitin socialista y una feria de importación de hidrocarburos venezolanos.
El exlíder, que un día fue el “hombre del talante” y hoy es embajador oficioso del “club de la opacidad”, ahora se pasea entre Huawei y el petróleo de Maduro como si fueran dos viejos amigos de juventud. No faltan las sospechas, cada vez menos disimuladas de que tanto viaje, tanto apretón de manos y tanta sonrisa de baratillo esconden algo más que solidaridad bolivariana: quizás, financiación política de la buena, de esa que llega sin pasar por el BOE.
El panorama, visto desde fuera, parece un parque temático del disparate:
China marcando músculo dictatorial.
Zapatero repartiendo tarjetas de visita en Pekín y Caracas.
Y el presidente Sánchez, intentando cuadrar el círculo mientras los enanos del circo gubernamental le crecen sin freno.
La ironía es que, al final, el verdadero músculo no lo enseña ni China ni Zapatero, lo enseña la paciencia de los españoles, que asistimos a este espectáculo como quien va a un circo romano, esperando a ver si cae el telón o el emperador de turno.
Salva Cerezo