Dicen que la justicia es lenta, pero segura. En España, además, es casi una serie de Netflix con múltiples temporadas, giros inesperados, personajes recurrentes… y un final que rara vez deja satisfecho al espectador. Pero eso sí, audiencia no le falta.
Hemos entrado en esa maravillosa fase de la vida pública en la que los juzgados se convierten en la verdadera sede parlamentaria. Donde antes había debates en el Congreso, ahora hay declaraciones ante el juez. Y donde antes se prometía transparencia, ahora se pide prórroga.
Porque claro, ha llegado la hora de la verdad. Ese momento tan incómodo en el que los discursos grandilocuentes chocan con los autos judiciales, y las ruedas de prensa se ven sustituidas por comparecencias con cara de circunstancias y frases del tipo: “confío plenamente en la justicia”, que traducido al roman paladino significa: “a ver si escampo”.
Aquí ya no hablamos de ideologías, ni de izquierdas ni de derechas. Hablamos de algo mucho más transversal, el arte de esquivar responsabilidades. Un talento nacional que no entiende de siglas, pero sí de sillones.
Lo fascinante de este fenómeno es su simetría. Hoy le toca a uno, mañana al otro, y pasado… pues ya veremos quién pasa por caja. Como si existiera un pacto no escrito: “tú no me hundas mucho hoy, que mañana me toca a mí”. Una especie de turnismo judicial que ni en la Restauración.
Mientras tanto, el ciudadano observa el espectáculo con una mezcla de resignación y sarcasmo. Porque uno ya no sabe si está viendo un sistema democrático o un concurso de supervivencia política al modo “Gran Hermano, Edición Tribunal Supremo”.
Y en medio de todo esto, aparecen los líderes, solemnes, serios, apelando a la honorabilidad… hasta que un sumario les recuerda que la hemeroteca también tiene memoria. Algunos, como Pedro Sánchez, se mueven en ese delicado equilibrio entre el control del relato y la gestión del incendio.
Porque gobernar, hoy en día, parece consistir en apagar fuegos… propios y ajenos.
Pero no nos engañemos, esto no es una crisis puntual. Es un síntoma. Un reflejo de un modelo donde el poder ha confundido gestión con impunidad, y estrategia con supervivencia a cualquier precio.
Y así llegamos a esta hora de la verdad, que no es más que un espejo incómodo. Uno en el que no solo se reflejan los políticos, sino también una sociedad que, entre escándalo y escándalo, ha aprendido a normalizar lo inaceptable.
Porque al final, el problema no es que haya juicios. El problema es que ya no sorprenden.
Y cuando la corrupción deja de escandalizar… es que el sistema ya ha empezado a acostumbrarse a sí mismo. Esperemos que Trump nos deje ver el final, después de la ofensiva prometida contra Irán.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 08/04/2026

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