Por siete votos, Sánchez tiene el sistema constitucional roto. Se lo ha cargado todo. Lo último es la unidad de caja fiscal, que —como aquí los impuestos es lo único sacro que queda— impresiona más. Pero ha sido todo: la amnistía, el indulto, los asaltos al Tribunal Constitucional y al CGPJ, el desfalco, la corrupción, la retirada de la Guardia Civil, la chorrada del catalán en la UE que nos cuesta tanto dinero como prestigio, la entrega del Sáhara, el desmantelamiento de la energía…

Esto lo están explicando ya hasta los columnistas socialdemócratas, que se echan las manos a la cabeza. Así que puedo remitirles a esas crónicas más frescas, recién caídas del guindo, que tienen la emoción del vértigo recién descubierto.

Yo quiero irme atrás, cuando explicaba a mis amigos más sistémicos que había que reformar el sistema autonómico. Y me miraban como a un loco. Decían que eso era intocable porque estaba, oh, en la Constitución.

Yo sugería que algo que no existía en 1978 tan intocable no podía ser. Y les hablaba de mi abuela Marita, que vivía aún, y que había conocido una monarquía, una dictadura blanda, una república, una guerra civil, una dictadura normal y otra monarquía, con su constitución entonces flamante y luego en llamas, que también eso lo conoció, aunque no las cenizas de ahora.

Mis amigos, como suelen, no me hacían ni caso y, todavía más, clamaban contra la legalidad de VOX, que les parecía dudosa justo por pedir acabar con las autonomías, siempre según el procedimiento habilitado por la misma Constitución para las reformas propias.

Después hemos asistido a un intento muy violento de cambiar la Constitución por las bravas en Cataluña y luego, como eso no salió del todo bien, poco a poco, chantajeando a Sánchez, que se deja chulear. Ahora mismo ya nadie niega que el sistema constitucional ha saltado por los aires y que ya no tenemos un Estado de las Autonomías como el que previó la carta magna. Como mucho, Autonosuyas, como dijo el profeta.

Curiosamente mis amigos, que siguen siéndolo, deben de haberse olvidado de aquellas discusiones, porque ninguno me ha dicho: «Oye, pues es verdad que el sistema autonómico podía reventarse, y con un procedimiento más fácil incluso que el que proponía Abascal, tan garantista, ingenuamente».

No me lo dicen, ni se lo dice nadie a VOX, ni nadie lo recuerda en los medios, con la paliza que nos dieron por pedir una racionalidad en un sistema que hacía aguas y que ahora se ha ido a pique justo contra la roca contra la que avisaban desde hace tantos años.

Yo hubiese querido que aquel desmantelamiento preventivo y constitucional de las autonomías hubiese salido adelante, por supuesto; pero lo que mis amigos autonomistas no vieron es que para salvaguardar el statu quo que les gustaba tanto, no sé por qué, era necesario que dos propuestas contrapuestas (centralismo de VOX, soberanismo federalista de los independentistas) se equilibrasen.

O jugamos a la soga-tira —unos tirando hacia un lado y otros hacia otro— y entonces el pañuelito de la legalidad se mantendrá en tensión más o menos en su lugar o, si sólo permitimos que tiren los que quieren que España se disuelva en unas nacioncitas efervescentes, la soga va a terminar o ya ha terminado como una soga al cuello de nuestra nación. El nudo es corredizo.

Y gordiano, así que la cosa tendrá arreglo, claro, porque después de la Reconquista y de la invasión napoleónica aquí se arregla lo que haga falta, pero es una pena el tajo que podríamos habernos ahorrado. Y es otra pena que ya nadie se acuerde de lo imposible, oh, lo inconcebible, lo loco, ay, que era tocar nada del estado de las autonomías consagrado por nuestra Constitución Española. Ya, ya.

Enrique García-Máiquez (La Gaceta)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 16/07/2025

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