Hay personas fascinadas por todo lo antiguo, y que miden el valor de un objeto únicamente por la cantidad de tiempo que ha pasado sobre él. Por ejemplo, no comprarán una estatua a no ser que el tiempo le haya amputado un brazo, o como mínimo un dedo del pie.

Un mismo objeto, que nuevo no les suscita el menor interés o que incluso les provoca un sentimiento de repulsa, les parece una obra de arte digna de decorar su casa una vez adquiere cierta pátina, cuando ha perdido su brillo y comienza a despuntar el primer orín. No es el objeto, sino el tiempo disecado que se encuentra adherido a él, lo que compran.

Lo que a esas personas les sucede en el ámbito del arte y de la estética, a los conservadores liberales les sucede en el ámbito moral. Cuando un mal está recién fabricado, cuando es novedoso y todavía conserva su brillo, no les parece digno de ser adquirido; pero cuando el mismo mal comienza a estar deslucido por el uso y ya no está en la vanguardia de los males morales, una chispa de interés se advierte en sus miradas. Lo que había estado a su vista tanto tiempo sin provocar la menor atracción, de repente adquiere un irresistible encanto.

Tenemos un ejemplo paradigmático de este proceso psicológico en el PP y sus votantes. El aborto les parecía un mal demasiado reciente hace unos años, tenía un olor a nuevo que no podían soportar, por eso se oponían a él.

Ahora, sin embargo, cuando el aborto comienza a ser un mal de cierta edad, cuando la costumbre ha neutralizado la sensación de su perversidad, comienzan a mirarlo con buenos ojos. Es una inmoralidad «vintage», y como tal pasa a ser digna de decorar su ideario político. Y lo que ocurre con el aborto puede decirse de la eutanasia, de la inmigración ilegal descontrolada, de la ideología de género, del feminismo, de la secta LGTB, etc.

El conservadurismo y el progresismo liberales no se diferencian pues por su inmoralidad, sino por el diferente momento en que aceptan el mal y lo asimilan a su política. De hecho puede decirse que el conservador liberal es simplemente un progresista de mecha larga: detona la misma carga moral, sólo que con algo más de retraso.

Exceptuada esta disparidad puramente cronológica, en realidad nada los distingue. Aunque de forma asíncrona, ambos profesan las mismas ideas, ambos cruzan los mismos límites, ambos siguen la misma ruta. El conservador llega impuntual a su cita con el diablo, es cierto, pero finalmente llega y pacta con él.

Alonso Pinto Molina (ÑTV España)