Actualmente, sólo una minoría de españoles parece angustiarse y sufrir en esta España transformada en gusanera. La inmensa mayoría, por el contrario, no parece dolorida, ni capacitada para percibir, y mucho menos para denunciar, la infinita miseria moral que comparte con sus semejantes.

Por lo visto, asume satisfecha que ha nacido para revolcarse en este vertedero en el que los mohatreros de la Transición democrática han convertido a la patria. Y ante esta realidad, cualquier persona dotada de una mínima sensibilidad y por lo tanto diariamente herida, no puede sino sentir horror por sus conciudadanos.

Cuando el prudente, escandalizado por la suciedad sociopolítica, se comunica con sus vecinos, con sus allegados o con la gente en general y ve cómo son, qué inquietudes les mueven, y comprueba las escasas o nulas posibilidades de cambiarlos, ya que no de salvarlos, y no puede vivir como ellos viven, ni compartir sus preocupaciones, porque los objetivos mutuos son muy diferentes, le resulta muy difícil, si no imposible, amarlos, aun teniendo en cuenta el mensaje cristiano.

Mas, ese hombre prudente, a pesar de creerlos condenados a la vulgaridad o a la maldad y sentirlos cada vez más sumidos en la inmundicia, trata aún de no acogerse al silencio ni de aislarse definitivamente de la plaza pública.

Porque, sintiendo la llamada de la justicia, de la verdad y de la patria libre, todo hombre consciente de que la actitud más elevada es la que se deja guiar por el pensamiento desinteresado, por la idea no envilecida, enfrentada, hoy, a los dogmas globalistas, antes de abandonarse a la desesperación y dejarse caer en la nada social o existencial, imagina a la humanidad cual podría ser y no descarta un mejoramiento del alma, ni se excluye de la utópica tarea de contribuir a la felicidad de su prójimo y consolar los temores de los débiles y humildes.

No se trata de inmolarse frente a los leones de las Cortes, ni de mitigar las penas ajenas con heroicidades espectaculares para subyugar a las muchedumbres, porque protagonizar milagros superfluos y temerarios no es propio del hombre prudente. Se trata, sencillamente, de ser una voz intempestiva y enojosa, odiada por los instalados, mal vista por la plebe, incluso incómoda y no siempre comprendida por los propios adeptos. Una voz que recorra dificultosamente todos los senderos llevando de zorreras a la sospecha y al desdén, incluso a la maldición.

Una voz que perturbe el sueño de los que duermen y desarregle la siniestra tranquilidad de los aprovechados. Que abra el necesario debate entre juristas y moralistas, que es el debate de fondo, porque moralmente se debe desobedecer el derecho cuando el derecho es injusto o se utiliza injustamente.

Una voz fuerte, capaz de fortalecer a los demás, que investigue y obligue a investigar las causas de todas las cosas, para que sean de público conocimiento. Una voz que abogue por incrementar la inteligencia y la virtud, en contra de quienes interceden a favor de la ignorancia y el vicio.

Una voz precursora, que jamás hable de lo que antes no ha oído en su corazón, que sienta un desprecio filosófico por el poder, que defienda los principios con honestidad y valor. Una voz perseguida porque despierta el albedrío, esa independencia personal que las instancias políticas y el poder en general sienten como amenaza de su propia existencia.

Una voz, en definitiva, que allane el camino a los que vienen en pos de ella, que sea empujada al ostracismo o perseguida como un enemigo por los amos y sus sicarios.

Una voz a la que se aparte como a un leproso y a la que se calumnie como a un profeta.

Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)