Cada vez que ocurre un escándalo o una catástrofe, algo habitual dada la naturaleza sectaria, delictiva e inoperante de nuestros actuales dirigentes, la maquinaria propagandística del socialcomunismo se viene esforzando para que el timado aparezca como timador y la víctima como victimaria.

Pero una cosa es tratar de implicar a los demás a partir de sus deficiencias y corrupciones, y otra atreverse a preguntar si en Moncloa todo el mundo anda ocupado en temas tan sublimes como la paz perpetua, la solidaridad entre civilizaciones, la invención de derechos a la violeta, el mundo verde, el coche eléctrico, las energías renovables o la economía sostenible.

Si esto fuera una verdadera democracia, la opinión pública tendría derecho a saber qué se ha hecho en esta pútrida Moncloa capital-socialcomunista para favorecer a su secta al completo, a las oligarquías financieras y a los enemigos interiores y exteriores de España. Cuantos merodeadores, saqueadores y bandidos, ignorantes de todo escrúpulo y toda disciplina moral y cuantas centenas de fontaneros y fontaneras andan por sus cloacas arruinando a la patria y a los españoles, mientras se violenta y desprestigia a las instituciones para eternizarse en el poder y seguir engordando la bolsa particular.

Lo innegable es que España, por culpa de las izquierdas resentidas, o sea, de los rojos y de sus codelincuentes, está atrapada en la tela de araña de la indecencia. Y lo palmario es que, en el socialcomunismo, si uno es malicioso, sus compañeros de viaje y sus herederos lo sacan de la puja. Pues en lo tocante a malevolencia se pirran por superarse unos a otros.

Todos los correligionarios de esta abyecta ideología envidian atrozmente a la excelencia y a la libertad con un rencor rayano en el frenesí. Porque la mentalidad del socialcomunismo consiste en organizar zalagardas contra el justo, dado que no es de provecho para ellos, que es contrario a sus obras y les echa en cara sus atropellos contra la ley.

Y los desacredita denunciando su conducta depravada. Pues el socialcomunismo no quiere censores de sus actos ni de sus pensamientos y doctrinas; no soporta a quienes siguen una conducta diferente a la suya, a quienes los miran como a gente criminal y se abstienen de sus usos e inmundicias; ni a quienes tienen a la religiosidad y a la excelencia como referente.

De ahí que, cegados por su soberbia, su impunidad y su sadismo, acosen, atormenten y eliminen a sus acusadores, poniéndoles a prueba a base de afrentas, iniquidades y sufrimientos sin fin para conocer su resignación y probar su paciencia y su valor, llegando si lo ven necesario a castigarlos con la más infame condena o con la muerte vil.

Pues para ellos es sólo un juego esconder en vida o bajo tierra a toda persona justa, tras ensañarse con ella, como óptimos representantes del infierno que son, para acto seguido borrar su memoria y echar mano a sus jugosas propiedades cuando las hay. «He aquí al justo, pues bien, hagámosle desaparecer y serán nuestros sus bienes y sus ideas».

Ese es el comunismo y así son todos los Estados Socialistas: corrompidos y tiránicos. Y con el capcioso argumento de socorro a los pobres y a los débiles, el Estado socialista va creando funciones y funcionarios, es decir, redes clientelares.

De manera que todo el poder que van adquiriendo su fontanería y su casta parasitaria, ligadas por la necesidad de mantenerse en una ocupación cómoda y pingüe, lo va perdiendo el pueblo trabajador, que, carente de privilegios y sin las razones de complicidad en esperanzas y provechos con que cuentan esos enchufados enlazados por intereses comunes, no puede hacerlos frente.

Así, el Estado socialcomunista no sólo no cumple su tan jactancioso como falaz propósito redentor e igualitario, sino que divide a la sociedad en capas hostiles entre sí, esclavizando de paso a los oponentes y a los humildes. A la franja oligárquica depredadora, dueña y explotadora del Estado, añade la confortable zona parasitaria de los amigos, cuñaos y demás familiares, esos espíritus serviles que gustan que el Estado cuide de ellos para no tener que cuidar ellos de sí.

Y dejando para el final -aparte del estrato conformado por los pobres de solemnidad- a aquel otro sedimento mayoritario compuesto por quienes tienen que trabajar en la medida, por el tiempo y en la labor que puedan para soportar la pesada carga impositiva que dicho Estado tenga a bien asignarles.

O lo que es lo mismo: bajo la bota socialcomunista todo trabajador verdadero y esforzado acabará entregando el fruto de su esfuerzo a la comunidad, que no es sino la maquinaria depredadora creada para el enriquecimiento exponencial de las elites gobernantes, como se comprueba diáfanamente en esta actualidad española, en la que unos dirigentes insaciables e inmunes al castigo, están arruinando a la patria con su codiciosa voracidad.

La miseria pública, pues, será colosal con semejante ideario y con sus valedores. El funcionario autocrático abusará de la desesperanzada y fatigada sociedad trabajadora; y lamentable será, y general, la servidumbre y la pobreza.

De este modo el ciudadano nunca consigue dar con un poder político que le permita ser siervo de sí mismo. De ser esclavo de los aristócratas financieros pasaría a serlo del Estado, es decir, de los funcionarios socialcomunistas, o -como ocurre en la actualidad con el Nuevo Orden– esclavo de ambos. Pues esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él.

Lo cierto es que resulta intrincado catalogar los innumerables delitos cometidos por el socialcomunismo en general y por el PSOE en particular. Asesinatos, latrocinios, sevicia, sadismo, vicios todos más propios de bestias salvajes que de idealistas. Deseos desaforados de los bienes del prójimo, peticiones y ejecuciones de asesinato y peticiones y ejecuciones de propiedad y de perversión.

Sin embargo, su doctrina predica la defensa del humilde y del débil. ¡Pero los depreda, aprisiona y asesina! ¡Y encima son intelectualmente arrogantes frente a sus oponentes! En ninguna parte de sus diatribas, prevenciones y discursos podemos hallar la modestia de los verdaderos sabios. ¡Cuánta hipocresía y maldad!

Por todo lo cual sería conveniente dar un giro a la percepción derrotista que la mayoría tiene de esta amarga época, y analizar la Farsa del 78 desde un punto de vista positivo y venidero. El cambio consistiría en reflexionar acerca de si esta travesía del desierto provocada por la doctrina socialcomunista no ha sido útil como preparación y enseñanza; además de necesaria para alcanzar la purificación nacional que lleve al futuro próspero iniciado por el franquismo y presagiado tras su final.

Un futuro y unos pronósticos malogrados por los forajidos que le sucedieron y que los españoles están obligados a recobrar, examinando con prudencia y pericia lo acontecido en esta dolorosa etapa y recordando que el sufrimiento es la forma suprema del aprendizaje.

Para concluir que el objetivo no debe limitarse a echar del poder a los Sánchez de turno y a sus hordas y cómplices, sino que ha de cifrarse en desarmar en cuerpo y alma al socialcomunismo y enviarlo al muladar como paso previo a su proceso y a su encarcelamiento.

Y finalmente a su erradicación política y civil mediante la consecuente ilegalización. Al socialcomunismo y a todas sus excrecencias hispanófobas o apátridas que conforman el Sistema. Porque mientras esto no ocurra, España no volverá a ser España.

Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 07/06/2025

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