En el tablero internacional hay potencias con petróleo, otras con uranio, algunas con tecnología, y luego está Marruecos… con su Constitución mágica, capaz de estirarse como el chicle hasta abarcar Ceuta, Melilla, el Sáhara, Canarias, Andalucía y, si nos despistamos, la tortilla de patatas.
Lo mejor de todo es que lo hace con una sonrisa diplomática, una chilaba bien planchada y un chantaje por entrega certificada al buzón de Moncloa.
Mientras en España aún debatimos si la fruta debe ir con IVA reducido, Marruecos ya tiene clara su pirámide de prioridades, no tienen petróleo, pero sí un combustible más eficaz… el nacionalismo expansionista. Y como no pueden alimentar a su pueblo con pan, les dan sueños de imperios revividos. Es lo que en política se llama «gestión emocional de la miseria» o, en términos más castizos, vender humo mientras otros respiran el incendio.
¿Y qué hace nuestro gobierno? Bueno, imagina un portero de discoteca que no solo deja pasar al que no tiene entrada, sino que además le ofrece una copa, un bocadillo y una tarjeta VIP. Porque sí, en esta historia el chantaje funciona a la perfección, ya que basta con que Mohamed VI frunza el ceño, y ya tenemos al Ejecutivo español cambiando de postura sobre el Sáhara, corriendo a
Rabat con flores, y firmando acuerdos mientras hace reverencias de espaldas.
La joya de la corona es la inmigración ilegal, convertida en arma diplomática de destrucción masiva.
Marruecos primero abre la puerta trasera a miles de subsaharianos, ¡visados gratis, vuelos de Air Maroc y atención personalizada de las mafias!, y luego, cuando el rey tiene un mal día o quiere negociar mejor el precio de los tomates, activa el botón de “invasión silenciosa”. Y ahí los tienes, diez mil personas en un día atravesando la frontera como quien cruza al Mercadona, ante la pasividad de un Estado español que, al parecer, ha externalizado su soberanía a golpe de chantaje.
Y si pensabas que todo acaba ahí, prepárate para el segundo plato, la diáspora dirigida, ese ejército civil perfectamente organizado desde las mezquitas, asociaciones y centros culturales.
No para integrarse, no para enriquecerse culturalmente con España, sino para mantener viva una identidad nacional radicalizada, bajo la atenta mirada del régimen alauita. Todo muy multicultural, pero con teledirección real desde Rabat.
¿Y qué dice el gobierno español? Lo mismo que siempre: “diálogo, cooperación y respeto mutuo”, ese trío de palabras que en lenguaje diplomático viene a significar que nos están tomando el pelo, pero no queremos molestar.
Al final, la situación es sencilla, Marruecos juega al ajedrez y España al parchís. Solo que aquí las fichas las pone el sultán y los dados los lanza Pedro Sánchez… mientras pide perdón por si ha caído mal.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 09/08/2025

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