Es ésta una sociedad de redes sociales frívolas y de teleanalfabetos, es decir, de individuos cuya fuente informativa es la propaganda del Sistema y que creen que ver y oír es igual que saber, sin enterarse de que limitarse a ver las imágenes y a escuchar las palabras de los otros, sin someterlas a contraste, comprobación o análisis crítico es un ejercicio de descerebración.

La gente se escuda en las ideas cómodas y fáciles, y si son mágicas, mejor todavía. Así, cuando surge un escándalo, se procura mirar hacia otra parte después del gesto obligado de rasgarse las vestiduras.

La mayoría ciudadana aún cree que va montada en la burra, sin comprender que es la burra. Antes, tal vez, el trabajador tenía conciencia de explotado, de no ser libre; ahora, carece de conciencia o cree que el progreso lo ha liberado, porque puede contemplar los atascos de tráfico sentado en su coche y hurgándose la nariz, completamente alienado.

La hegemonía cultural y sociopolítica de las izquierdas resentidas durante la nefasta y nefanda Transición pone de manifiesto la carencia en la ciudadanía de capacidad autocrítica, además de la ausencia de capacidad de análisis, de reflexión, de pensar por cuenta propia.

El mito de Don Juan -permítaseme la metáfora- cautiva más que el personaje de un enamorado honrado. Los cotilleos o las noticias -antes hasta se podía hablar de novelas- que más interesan a los lectores son las que presentan las malas cualidades del protagonista, mejor que sus virtudes. ¿Por qué esto es así? Porque son las malas cualidades del lector las que se sienten halagadas por las del héroe.

Gracias a la democracia que nos hemos dado, este es un país enseñado a huir de la verdad, a transigir con la injusticia, a recelar del libre examen y a soportar la opresión. Y enseñado sobre todo a votar. A votar en el vacío. Por eso es semillero de liberticidas, delincuentes y tramposos.

Y, por encima de todo ello, a esta sociedad masificada la han enseñado a consumir, y para ello un alto número de trabajadores está adiestrado para vender. Sin embargo, hoy, todas las grandes superficies comerciales, y también las gasolineras, en su empeño por ahorrar mano de obra, han convertido a los clientes en sus propios dependientes.

Los grandes empresarios utilizan a las muchedumbres como bultos despilfarradores destinados a pasarse por caja con la visa en la mano, cargados de objetos prescindibles, insaciables en una voracidad consumista que previamente les ha inoculado la publicidad multinacional.

Esta masa consumista, aunque lo imagine así en sus sueños más ilusos, no está consiguiendo parecerse a los opulentos oligarcas, que la ven como algo hortera, sino distanciándose cada día más de ellos, aislados como se hallan en sus guetos dorados.

A la plebe, los ricos que nunca son devorados por su riqueza, le obligan a ejercer de tendera mediante el autoservicio activo, mientras le animan a que llene un poco más cada día sus rebosantes arcas, y a recurrir a la cantidad antes que a una calidad que sólo está al alcance de tales plutócratas.

Esta masa consumista llevará el pecado en la penitencia mientras siga encendiendo el televisor y atendiendo y creyendo las omnipresentes mentiras que les cuentan los poderosos por boca de la caja tonta, no sólo, por supuesto, en los apartados de la publicidad comercial. Pero esa imagen de un pueblo ingenuo que muchos nos quieren vender es falsa. El pueblo, en general, no es bienintencionado ni pacífico. Y no duda en manifestarse para defender sus intereses.

La cuestión radica en definir cuáles son dichas prioridades. Escasas son sus necesidades espirituales; absolutas las materiales. Su lema podría ser: «Nada para el alma; todo para el estómago». Pan y circo.

Un ejemplo: cuando, hace unos años, los clubes de fútbol Celta de Vigo y Sevilla -creo que eran éstos- habían descendido de categoría por asuntos administrativos, sus respectivas poblaciones vivieron manifestaciones reivindicativas tumultuarias, oponiéndose a tal decisión jurídica.

De tal modo que, ante la magnitud de la protesta, el oportunismo de Felipe González, entonces en el Gobierno, ideó ampliar en dos plazas la Liga correspondiente para darles cabida.

El pueblo -la parte afectada de él- supo, quiso y pudo presionar al poder. Y consiguió sus objetivos. Ahora, en Valencia, debido a la precaria situación de su principal equipo de fútbol, una muchedumbre también se ha lanzado a la calle para protestar. «Panem et circenses»: Juvenal, una vez más, actualizado en la España de hoy.

Lo triste es que cuanto más se desgañita el pueblo en los estadios o se deja envolver por los entretenimientos rosas, menos fuerza tiene su voz en los parlamentos. Como en los pueblos sojuzgados de la antigüedad, la sociedad española parece atravesar un estadio primitivo de absoluta ignorancia e indigencia moral que le impide cualquier clase de iniciativa decorosa.

Y como esto funciona así, no sorprende la ingratitud de una gran mayoría de españoles con sus acreedores materiales y morales. En esta tómbola de desechos actual que se llama España se tolera todo tipo de corruptos y de corrupciones, sólo pensando en la comodidad, la irresponsabilidad lactante y el dinero, mejor cuanto más fácil. Porque lo selecto no suele agradar a la multitud, no es manjar para el vulgo.

Aquel caudillo, aquel prócer que detuvo la degradación de su patria y la elevó hasta cimas impensables sólo unas pocas décadas antes, podría, con absoluta razón, levantarse de la tumba y precisar: «Os dijeron que yo era malo, que era un asesino, que era un tirano… y todo os lo creísteis.

Ahora, con ellos, no tenéis libertad ni trabajo, pasáis hambre, os echan de vuestras casas y se llevan vuestro dinero. Ajo y agua, es lo que os merecéis. Por lo único que me odiaban y me odian es porque conmigo gobernando no podían hacer lo que hacen: robar, envilecer y destruir; robar, envilecer y destruir; robar, envilecer y destruir…». Ajo y agua.

Teleanalfabetos, ¡a votar!

Jesús Aguilar Marina (ÑTV España)