Dicen que las comparaciones son odiosas, pero cuando miramos una nómina de 1980 y otra de 2025, más que odiosas resultan insultantes. En aquella época de pantalón de pana y televisión en blanco y negro, un trabajador recibía el 82,66% de su salario bruto. Es decir, cobraba lo que sudaba. Hoy, en la era de la inteligencia artificial, los móviles plegables y la ministra que inaugura hasta un semáforo, el trabajador se queda con el 51%. La evolución, como se ve, ha sido digna de un trilobites.
El milagro no está en la ciencia, ni en la tecnología, ni en la productividad. No. El milagro es el progresismo fiscal, ese arte de convencerte de que eres pobre porque así lo decidió la justicia social. Porque no es que te estén robando a mano armada; es que “contribuyes solidariamente”. Y mientras tú haces malabares con tu cesta de la compra, ellos hacen malabares con tu dinero.
¿Resultado? En 1980 tenías nómina de trabajador, hoy tienes nómina de cajero automático: lo metes tú, lo saca otro.
La excusa es siempre la misma, hay que pagar más sanidad, más educación, más servicios públicos. Claro que, en la práctica, lo que se paga son más ministerios, más asesores y más sueldos a la tropa del enchufe. Lo público, entendido no como servicio, sino como colocadero.
Entre los 180.000 millones de fondos europeos que se han volatilizado como si fueran gasolina en pleno agosto, y los 45.000 millones de deuda pública que pesan sobre los hombros del contribuyente como una losa faraónica, la conclusión es simple, el Estado vive como un millonario con tu tarjeta de crédito.
El lema es claro,
“Yo invito y tú pagas.”
Ellos brindan con champán francés, y tú cuentas céntimos para llenar el depósito.
Y aún tienen la desfachatez de hablar de progreso. Será el suyo.
Sslva Cerezo