Hace ya unas semanas que surgió un extraño debate acerca de colocar un buda gigante en tierras extremeñas. No sé exactamente cómo quedó el asunto o en qué estado se encuentra la cuestión actualmente, por lo que me detendré en ese grotesco intercambio de opiniones que protagonizaron los políticos de Extremadura.

Eso sí, como premisa se debe partir de la ridiculez, el absurdo y el insulto que se hace a la tierra española al poner un buda de 50 metros en su tierra. Y ojo con las consecuencias que puede tener.

Sobre el debate en sí mismo, era para caerse el alma a los pies. Analizaban el tema como si de un acontecimiento se tratase. Quienes iban a favor, mostraban sus supuestas bondades económicas, la cultura budista que se implantaría en la zona e, incluso, ensalzaban un teórico atractivo turístico.

En esta sociedad donde hay un gusto tan refinado por la fealdad, podría ser cierto. Porque pocas cosas hay más feas que un buda.

Y los que estaban en contra, ahí se mostraban firmes. Explicaban que no, que no se rentabilizaría la inversión, que si la consejería de Transición Ecológica y Sostenibilidad tenía que pronunciarse o que los suelos eran de no sé que características. Y ahí estaban todos, abordando una locura, la estupidez del momento como si del futuro de España se tratase.

Nadie, por supuesto, se preguntó el motivo de semejante disparate. Nadie cuestiono el sinsentido de poner un Buda en España. Absolutamente ninguno de ellos decidió enfrentarse a la esencia del asunto, como suele pasar en los políticos. Y esa esencia es que España no tiene que dedicar su espacio ni su tiempo a semejantes disparates. España no se entiende sin la cristiandad y la cristiandad no se entiende sin España. Es así de sencillo.

Mientras tanto, queda también plantearse las consecuencias de edificar un buda gigante en territorio español. Cada vez que un pueblo ha dado la espalda a Dios, las consecuencias han sido nefastas, como cada vez que ha osado equipararse a lo más sagrado.

Y España, igual que todo el mundo, va camino de convertirse en protagonista de unos nuevos tiempos de Noé, con la diferencia de que, posiblemente, sea el último castigo.

Luis María Palomar (ÑTV España)