Una mujer cae desde un décimo piso y arrastra con ella a dos bebés de tres años.
Los niños están graves. Ella ha fallecido.
Y la noticia aparece con un titular aséptico, casi clínico:
“Una mujer se ha precipitado desde un décimo piso”.
Precipitarse.
Como quien resbala en la ducha.
Como quien tropieza con una baldosa suelta.
Como si el idioma hubiese perdido de repente la capacidad de nombrar la tragedia con precisión.
Como si la responsabilidad, cuando existe, fuese opcional según quién sea el protagonista.
Ahora imaginemos el mismo suceso… pero con un hombre.
¿Alguien duda de que los titulares hablarían de “un padre lanza a sus hijos por la ventana antes de quitarse la vida”?
¿De que las tertulias exigirían explicaciones inmediatas, reformas urgentes y condenas ejemplarizantes?
¿De que los ministros tuitearían en bloque, con rapidez quirúrgica, su repulsa absoluta?
¿De que los expertos aparecerían en televisión explicando la violencia estructural masculina, el machismo latente y la necesidad de reforzar políticas concretas?
El contraste es tan evidente que ya ni sorprende.
Pero sí cansa.
Cansa profundamente.
Porque aquí el problema no es el accidente, si lo fue, ni la tragedia, que lo es.
El problema es el tratamiento informativo, la asimetría en el lenguaje, la manipulación silenciosa que se cuela entre líneas para mantener un relato único, binario y políticamente rentable.
¿Quién escribe estos titulares? ¿Y quién dicta esta asimetría?
¿Son los periodistas? ¿Las editoriales? ¿Los gabinetes políticos?
¿O el clima ideológico que exige que una noticia encaje en un marco prefabricado, aunque la realidad quede retorcida en el proceso?
Porque esto no va de mujeres ni de hombres.
Va de cómo se usa la tragedia humana para alimentar una polarización artificial.
Va de cómo ciertos poderes, políticos, mediáticos y económicos, necesitan mantener a la sociedad dividida en bandos irreconciliables para seguir controlando el relato, la agenda y, por supuesto, los votos.
Y cuando un suceso no encaja en ese molde, se suaviza, se maquilla, se minimiza.
La palabra “precipitarse” es el algodón con el que se limpia una escena incómoda.
El filtro ideológico que decide si se indaga, se oculta o se pasa de puntillas.
La tragedia humana no debería tener género
Dos bebés están graves.
Una mujer ha muerto.
Y lo único que debería importar ahora es esclarecer qué ha ocurrido y por qué.
Pero en lugar de eso, lo primero que se manipula es el lenguaje.
Porque en esta guerra mediática, la verdad es la primera víctima.
Es urgente recuperar la ética informativa
No para proteger a hombres.
No para proteger a mujeres.
Sino para proteger la verdad.
Para proteger la justicia.
Para proteger la dignidad humana de ser tratada con el mismo rigor, con el mismo respeto y sin filtros ideológicos, sea quien sea el protagonista.
La polarización no nace sola.
Se alimenta.
Se fabrica.
Se impulsa desde despachos que no salen en las fotos.
Y mientras tanto, la sociedad discute, se divide y se enfrenta…
justo como quieren quienes manipulan el lenguaje para seguir decidiendo cómo debemos pensar.
Salva Cerezo.

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Política,

Última Actualización: 08/12/2025

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