Durante décadas, Extremadura fue para el PSOE lo que una manta en invierno, segura, caliente y siempre a mano. Una comunidad donde bastaba con pronunciar las siglas para que los votos brotaran como amapolas en primavera. Pero llegó el día de las elecciones… y alguien olvidó regar el campo.
El batacazo socialista en Extremadura no fue un tropiezo, fue un resbalón con voltereta incluida. De esos que empiezan con una sonrisa confiada y acaban mirando al cielo preguntándose en qué momento el suelo desapareció bajo los pies. Porque cuando uno cree que un territorio es “suyo”, suele dejar de escucharlo. Y Extremadura, silenciosa pero paciente, habló en las urnas.
El PSOE se presentó a la cita electoral con ese aire de quien entra en un bar de siempre, no saluda y espeta: “ponme lo de siempre”. Pero resulta que el camarero ha cambiado, los precios también, y los clientes, hartos de la misma música, se han ido a otro local. La confianza mal entendida se convirtió en soberbia, y la soberbia, como casi siempre, terminó pasando factura.
Mientras tanto, el discurso seguía anclado en el pasado, como si los extremeños vivieran aún en los años noventa y no en un presente de despoblación, infraestructuras prometidas mil veces y oportunidades que nunca terminan de llegar. Mucha consigna, mucho eslogan… y demasiada distancia entre el poder y la calle.
El resultado fue claro, el granero se vació. No por falta de ideología, sino por exceso de hartazgo.
Porque cuando un partido gobierna demasiado tiempo sin autocrítica, acaba creyendo que los votos son hereditarios, como una finca rústica. Y no lo son. Nunca lo han sido.
Extremadura no giró a la derecha ni a la izquierda, simplemente giró el cuello para mirar a otro lado. Y eso, para el PSOE, duele más que perder un escaño. Duele porque revela algo mucho más profundo, y es la desconexión con una tierra que ya no compra relatos, sino que exige resultados.
Moraleja irónica pero clásica de quien confunde fidelidad con resignación, y acaba sorprendido el día que la gente decide dejar de esperar.
Y en Extremadura, esta vez, el reloj sonó más fuerte que las siglas.
Salva Cerezo